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  • Alexa Castillo Nájera Zaliv

YO SOY LA DIVERSIDAD



El control y la dominación sobre la otredad han caracterizado la historia de la humanidad. Desde Lilith que desafió a Adán por querer ser tratada como igual y cambiar la postra sexual, su castigo, ser reducida de los libros sagrados a una mujer maldita que fornicaba con demonios, a Eva, que fue hecha de la costilla de Adán para ser su sumisa y que probó el fruto del conocimiento del bien y el mal a sabiendas que era prohibido, Adán comió y jamás se hizo responsable de sus decisiones, le echo la culpa a ella y por los siglos de los siglos amen, ha sido la culpable de la expulsión del paraíso.


Recordemos a Pandora, que también fue hecha para cumplir las fantasías de unos dioses misóginos con el fin de castigar a la humanidad, dándole la responsabilidad de resguardar la caja que contenía todos los males del mundo y si, la abrió… Si no querían que se abriera ¿Por qué le dieron el don de la curiosidad? A mi me parece que más bien fueron un chivo expiatorio para poder responsabilizar a la mujer de sus instintos más bajos. Desde ahí, la mujer ha sido dividida en el binomio maldito, o se es una buena mujer: sumisa, dócil, gris, frígida, preñada y abnegada o se es una mala mujer: fuerte, determinada, sexualmente activa, poderosa y por ende malévola.

La figura patriarcal de dominación sobre lo femenino ha estado presente en todos los cuentos, fabulas e incluso en los libros “sagrados” que por supuesto han sido escritos por personas con falos. Hombres y onvres con ideas reducidas de lo que significa ser mujer. Estos mismos seres, han tenido hijos a quienes les han trasmitido estas ideas misóginas sobre el control y la dominación de la mujer, la feminidad y la otredad, ya sea en figura de esclavas, esposas y servidumbre, este control ha sido heredado a través de generaciones quienes han seguido escribiendo a su conveniencia las normas que el resto de la población debemos seguir para no salirnos del redil y que sigan conservando sus privilegios.

Hemos sido testigos de tanta violencia y sufrimiento, de las quemas de la sabiduría ancestral, de brujas, libros y aliados hasta el hostigamiento por no ser heterosexual. La imposición de la normalidad ha traído consigo dolor generacional, una angustia ahogada y una inadecuación profunda de todas las personas en todas las sociedades del mundo. ¿Qué es normal? ¿Quién lo define? Lo normal es lo común según un grupo minúsculo de personas que viven con el deber ser tatuado en su sistema moralino y represor, personas cobardes y frustradas, cortas de mente que imponen al resto de la población un listado de comportamientos angostos, roles estereotipados y formas de ser y pensar como si la humanidad pudiera ser moldeada y metida en pequeñas cajas. Quienes se han atrevido a cuestionar y salir de esos impuestos han tenido que ser valientes y fuertes, muchas veces condenadas por querer ser ellas mismas y defender su existencia.



¿Por qué odiamos? Por ignorancia, por miedo a lo diverso, porque no lo conozco, por sentirnos superiores y por supuesto porque no lo podemos controlar. Odiamos lo que desconocemos y no comprendemos, rechazamos todo lo que se sale de la norma impuesta del binomio rosa y azul de mujer y hombre. Tenemos pánico de no encajar, de NO SER DIFERENTES, por absurdo que eso suene ya que en lo único que somos iguales los seres humanos es que somos DIVERSOS, no hay una sola forma de sentir, de mirar, de expresar y vivir… existen múltiples y coloridas formas.


La historia nos enseña todo ese dolor causado por la ignorancia, por ese miedo a cuestionarnos y por la falsa creencia de seguir las normas y ser aceptadas en una sociedad patriarcal, hegemónica, heteronormada y genérica que sigue dividiendo a las personas por su raza, su clase, su diversidad funcional, su identidad, por su orientación erótico-afectiva, por su sexo de asignación y por supuesto por su expresión de género. El enfoque de derechos, la perspectiva de género y claro, la visión interseccional, nos abre las puertas hacia respetar la individualidad de cada persona. Aún seguimos sin comprender los pilares de la sexualidad, aun seguimos reduciendo la sexualidad a la reproductividad sin tomar en cuenta sus potencialidades eróticas, afectivas y de género.

El modelo de normalidad sexual definido por la medicina a lo largo del siglo XIX es un modelo heterosexual, reproductivo y moral. Es heterosexual porque sólo acepta las relaciones sexuales entre personas de distinto sexo, reproductivo porque rechaza toda práctica sexual que no tenga por objeto la reproducción, moral porque utiliza argumentos presuntamente científicos para condenar la sexualidad socialmente proscrita (Guasch, 2007: 102).

Pero eso no fue siempre así, lo heterosexual también fue condenado por querer vivir el erotismo sin fines reproductivos, esta manifestación de pasión sexual por el sexo opuesto, lo “normal”. La heterosexualidad, cuyo fin último era el placer y satisfacción de quienes llevaran a cabo cualquier práctica sexual, y no la procreación, ponía en riesgo esta necesidad de control. Esto dispuso el escenario perfecto para que la heterosexualidad transitara de ser un asunto médico, a un tema de interés popular. Se impregnó a la heterosexualidad un nuevo elemento: el amor. Surgiendo así una nueva identidad: la heterosexual, y un nuevo modelo de relación sexual: el romántico y monógamo para la mujer, claro para asegurar la descendencia.


¿Qué es ser heterosexual? Es esta identidad social hegemónica (imágenes muy específicas y conceptos de cómo era llevar una vida heterosexual) esta identidad popular y deseable que dio paso a que los estereotipos de la feminidad y masculinidad se vieran fuertemente sobrevaluados. Poco cuestionada (cuestionamiento más directo acerca de cómo la identidad de mujer había estado siempre definida por la relación heterosexual con los hombres y no como algo independiente o autónomo.) Sin considerar los pilares de la sexualidad y haciendo confuso y difícil el separarlos en el conocimiento colectivo.


Esto fue creando la noción de que existía una indiscutible división de lo que se denominaba femenino como propio de las mujeres —heterosexuales— y lo masculino como propio de los hombres —heterosexuales—, y poco a poco se fue instituyendo una heteronormatividad.


La industria del cine que nos guste o no, es un tipo de educación para la vida que muestra los cánones de belleza, el status social desde el capitalismo y el consumismo, el amor romántico sin limites ni ética relacional, tan llenos de dolores, mentiras y doble moral que favorece como siempre al hombre blanco cisgénero heterosexual, esa industria que las infancias y la vejez mira como único ejemplo, ha colaborado en crear un imaginario sobre la sexualidad, el cuerpo, las relaciones y el futuro atroz de esas personas que se atrevieron a desafiar los impuestos. Por muchos años les dijeron “enfermas” que están mal, que van a sufrir y terminar en una zanja o un callejón oscuro y sin vida…


De este modo, la represión de la sexualidad no convencional queda plenamente justificada. Ya no se trata de opciones personales que no pueden ser perseguidas. Se trata ahora de patologías que hay que curar, opinen lo que opinen quienes las padecen (Guasch, 2007: 100).

Así fue como nos programaron a tantas generaciones, a reprimir el ser, la identidad, las pasiones y necesidades, con la etiqueta de “enfermxs” de malditxs, de zorras, putos y anormales destinadas a un sufrimiento innegable. Así, cada niña aprendió a no alzar la voz, a

querer ser una niña buena, a obedecer sin cuestionar, a callar, a no poner límites y a sentir una culpa profunda por su sexualidad y su relación con el placer, porque si quieres ir al cielo, debes obedecer sin cuestionar y claro, la necesidad de ser madres como si fuera la única función de la mujer. Los niños aprendieron que la violencia, que los celos y el control son muestras de amor, si te gusta moléstala, no llores, no te disculpes, no pidas, toma, te pertenece y si no es tuyo, lo puedes comprar. Esta falacia que nos cosifica y nos pone un precio.

Estos códigos preescritos e instaurados en la consciencia colectiva Paul Preciado les llama “tecnogénero” para darnos cuenta del conjunto de técnicas fotográficas, biotecnológicas, quirúrgicas, farmacológicas, cinematográficas o cibernéticas que constituyen performativamente la materialidad de los sexos. El género del siglo XXI funciona como un dispositivo abstracto de subjetivación técnica: se pega, se corta, se desplaza, se cita, se imita, se traga, se inyecta, se injerta, se digitaliza, se copia, se diseña, se compra, se vende, se modifica, se hipoteca, se transfiere, se aplica, se falsifica, se certifica, se niega, muta…

Así aprendemos ¿Qué es ser mujer?, ¿Qué es ser hombre?, ¿Qué es ser homosexual? ¿Qué es ser lesbiana? Creando identidades limitadas y llenas de censuras que reprimen nuestra diversidad, nuestra creatividad y flexibilidad llevándonos a ser clones les unes a les otres sin diferencia alguna. Sintiendo un miedo constante por no salirnos de esta norma impuesta y arcaica.


¿Por qué no mirar a las personas cómo seres independientes? ¿Por qué construir y exigir un listado de comportamientos aceptados para LA MUJER y EL HOMBRE? Toda mi vida me sentido agradecida por ser mujer sin realmente comprender las cargas que conlleva, cuando conocí la perspectiva de género y pude hacer este trabajo de instrospección profunda, realmente me sentí llena de prejuicios, reconocí esta misoginia interna y me asumí como una persona cegada por el patriarcado, que tenía puesta esta mascarada machista para poder encajar con mis libertades y privilegios. Sin darme cuenta cuánto daño me hacía a mi misma y a las personas a mí alrededor. El primer paso fue reconocerme para poder de-construirme y ser una mejor versión de mi misma por mi y por todas mis compañeras que siguen atrapadas en esta trampa mortal que es el ser una dama, tan llena de introyectos, renuncias y limitaciones para no ser juzgada y por todos mis compañeros que reprimen su sentir a costa de su virilidad y masculinidad.


Aún estudiando el doctorado, me falta mucho camino por recorrer, por descubrir, por cuestionar, cada día tengo la oportunidad de elegir la consciencia, de ser empática con la diversidad y de comprender los pilares de la sexualidad como algo natural e independientes los unos con los otros.


La diversidad sexual ha sido perseguida precisamente por esta ignorancia generacional por no cuestionarnos y por querer encajar. Si tan sólo pudiéramos imaginar un mundo que respete los sentires individuales de cada persona, si tan solo pudiéramos recibir educación sexual integral desde la infancia de forma ética, laica y científica, esas nuevas generaciones pudieran crecer en sociedades donde la identidad no esté basada en roles estereotipados de cajitas y más cajitas, si tan solo pudiéramos darnos cuenta que el de quien te enamoras y con quien decides compartirte eróticamente no define la calidad de persona que eres, si tan solo pudiéramos aceptarnos como seres diversos, únicos e irrepetibles, ese día la humanidad estaría dándole la oportunidad a esas infancias de ser felices y sentirse en paz con quienes son, independientemente de su género, sus prácticas y deseos sexuales.


Nos queda mucho trabajo por hacer, por trasmitir información que nutra y una en vez de separar y etiquetar. Lo que es cierto es que lo que no se nombra no existe, es por eso que cada vez surgen nuevas “etiquetas” para describir nuestro sentir sexual, no existen para categorizar, existen para que puedas identificarte y sentir que no estas solx, que existen muchas personas diversas que son felices, que son apoyadas por sus familias y comunidades, que su diversidad sexual es parte de este mundo y que merece respeto y aceptación. Diversidad significa diverso, variado, es por eso que: Yo soy la diversidad, tú eres la diversidad, todos, todas y todes somos parte de esta diversidad mundial y merecemos sociedades que evolucionen desde el amor, la empatía y el conocimiento laico y científico.


Desde el amor, Alexa Castillo Nájera Zaliv


BIBLIOGRAFÍA

-Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual. El pensamiento heterosexual y otros ensayos

-Preciado, B. (2013). Testo junkie: Sex, drugs, and biopolitics in the pharmacopornographic era. The Feminist Press at CUNY. Tecnogénero

-Varela, N. (2014). Feminismo para principiantes. B de books.

-Escartín Gual, M. (2007). Pandora y Eva: la misoginia judeo-cristiana y griega en la literatura medieval catalana y española. © Revista de lengua y literatura catalana, gallega y vasca, 2007- 2008, vol. 13

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